RESEÑA
Del olvido al no me acuerdo
Sara María Tamayo
Juan Carlos Rulfo, en Del olvido al no me acuerdo (1999), retoma el tema de la memoria, evocando los recuerdos en los seres que conocieron a su padre Juan Rulfo, escritor mexicano. Es un diálogo entre el recuerdo y el olvido, de las memorias que nos trae el tiempo y se lleva el tiempo, de la vida que vivimos, de la muerte en vida, de la vejez.
Genera en el espectador que conoció sus obras, una especie de reconocimiento y familiaridad. “la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se translucía un horizonte gris” [1]. Las imágenes viajeras son una especie de paramnesia, crea la sensación de un paisaje ya antes soñado, un Comala [2] ya descrito con nostalgia desde lo olvidado, desde la muerte olvidada; en aquellas primeras letras introductorias a la cultura de la muerte. “Era esa época, en febrero cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz, me acuerdo”. Es así como desde un inicio Juan Carlos Rulfo invita a la memoria.
Se recuerda a los viejos conocidos, se piensa en los viejos que seremos, y se genera empatía con aquellos seres testigos del tiempo. Canciones cantadas desde almas antiguas hilan el film, como si nos cantara el tiempo mismo. Y nos canta con lentitud y ronquera, diciendo que el recorrido del caminar se olvida, pero la emoción y el sentir a través de la música conectará mil y una historias de épocas indeterminadas, y se cantarán en sueños, y seguirán representando lo más humano: el sentimiento. Las vibraciones sintonizarán a todos aquellos átomos hijos de gaia, fluirán y sentirán la esencia. Se mueve el prana. Se recuerda el sentimiento de la historia ya olvidada.
«Es la razón porque lloro: nos han dejado huérfanos en la tierra. ¿Dónde está el camino para buscar el reino de la muerte? ¿Dónde es el lugar en que habitan los que ya no tienen cuerpo? ¿Es que sigue habiendo vida en el lugar del misterio? ¿Es que aún tienen allá conciencia nuestros corazones? ¡En un arca, en un estuche esconde y amortaja a los hombres aquel por quien todo vive! ¿Habré de verlos acaso? ¿Veré a mi padre y a mi madre? ¿Habrán de venir a darnos su canto y su palabra? Nadie queda con nosotros: nos han dejado huérfanos en la tierra. » [3]
Los recuerdos nos van dejando huérfanos en la tierra, se nos irá olvidando hasta que dejaremos de acordarnos de nuestra existencia, pocos serán los testigos que quedarán de esta, que también irán olvidando y un día no se acordarán, ni siquiera de ellos mismos. “No hay que olvidar que van en la misma compañía viejos y chiquillos, unos que, por haber vivido, han gastado ya todas sus fuerzas y no pueden ahora fingir que las tienen, otros que, por no saber gobernar las que empiezan a tener, las agotan en dos horas de carreras desatinadas, como si se acabara el mundo y hubiera que aprovechar los últimos instantes”. [4] Es tan solo ese proceso testigo del cambio y el tiempo en mente y cuerpo. Desde que se nace se empieza a envejecer, unos más adelantados que otros por atemporalidad de nacimiento, o por pérdida de creatividad, en la rueda del samsara, en donde el deterioro celular es inevitable.
Rulfo se acerca a lo que significa el recordar, a la nostalgia, a la confabulación, a la amnesia, demencia y el delirio, al no me acuerdo. Retrata la complicidad que existe entre el que recuerda y el que anda sólo sin las memorias; las conversaciones y risas entre dolencias y deterioros; las regresiones en el tiempo; los prolongados silencios, y los movimientos lentos. Almas ya cansadas de la tiranía de la velocidad, que sienten en sus cuerpos el peso de la arena del tiempo que cargan.
Dos sillas. La arena se revuelve con el viento y danzan juntos. Las nubes siguen andando sin detenerse. En el fondo hay unas montañas grises y verdes. Las sillas están ahí, sin nadie que se siente, solas, esperando a que se las lleven también. Proceso metafórico que se emplea en el film. ¿Será que así van quedando nuestros quiénes?, conversaciones vacías, vientos sin tropiezos, planicies sin huellas, se van quedando solas las memorias hasta que se olvida el olvido, porque lo que no se recuerda es como si nunca se hubiera vivido.
La vejez, en su sabiduría del saborear el tiempo. Sin dejar de aguardar la muerte, memorias viven, memorias mueren.
«Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar ¡No es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra! Como hierba en cada primavera nos vamos convirtiendo; está reverdecido, echa sus brotes nuestro corazón, algunas flores produce nuestro cuerpo, y por allá queda marchito.» [5]
[1] Pedro Páramo, pg. 67.
[2] Comala, pueblo condenado a la pena, en donde se desarrolla la novela del escritor mexicano juan Rulfo “Pedro Páramo”. Palabra que se deriva de comal, disco de barro usado para calentar las tortillas de maíz, siempre está sobre las brasas; que arde como el infierno.
[3] Fragmento poesía náhuatl.
[4] El evangelio según Jesucristo, José Saramago, pg. 54.
[5] Fragmento poesía náhuatl.